Ser enamoradizo me ha traído más problemas que relaciones, más rupturas de corazón que novias, pero nunca pensé que esto me llevaría a vivir una experiencia fuera de este mundo. Muchos no me van a creer, lo sé, porque incluso cuando recuerdo todo lo que viví ese fin de semana me cuesta trabajo creer que fue real y no sólo un sueño producto de mi imaginación.

Todo comenzó cuando fui a casa de mi tía a las afueras de la Ciudad de México, en un pueblo del Estado de México. Necesitaba despejar mi mente, sanar mi alma rota y oscurecida por los constantes rechazos. Me gustaba ese lugar porque estaba muy alejado de la civilización, el ruido por las noches era de los bichos o animales nocturnos que vagaban, no había demasiados autos o fábricas que pudieran estropear mi tranquilidad.

Mi tía me recibió como siempre lo hace, preparándome mi comida favorita y alguno de sus extraordinarios postres. Después veía alguna película de terror o una comedia romántica antes de irme a dormir. Cuando daban las once de la noche me dirigía a mi cuarto para descansar. La primera noche no podía dormir, habían instalado algunos postes de luz y una de las lámparas daba directamente a mi rostro, por lo que me levanté para cerrar las cortinas, algo que no había hecho en mucho tiempo.

Al llegar a la venta me dispuse a correr las telas color café cuando pude observar en la calle a una chica, parecía tener unos 24 años, su cabello realizaba  un vaivén hipnótico al igual que sus caderas, su cuerpo era el de un ángel que parecía flotar sobre la acera. Quedé embelesado, atónito de tanta belleza y lo único que me permitía mi cuerpo era observarla, hasta que ella volteó. Mi reacción fue agacharme para que no me viera, el sudor empezó a recorrer mi frente producto del miedo a ser considerado un pervertido y depredador de mujeres, o sólo era producto del nerviosismo de haber conocido a una hermosa mujer.

Me incorporé lentamente y me asomé de nueva cuenta por la ventana, la chica ya no estaba, se había esfumado y las probabilidades de encontrarla se habían ido con ella. Decepcionado de mi timidez cerré las cortinas y volví a mi cama, pensando en el ángel que decidió cruzarse frente a mi cuarto. El cansancio se fue apoderando de mí y Morfeo decidió que era hora de ir al mundo de los sueños.

Soñé con la mujer que pasó frente a mi ventana. En mis pensamientos ella decidió tocar a la puerta y al darse cuenta que estaba abierta, entró y se dirigió escaleras arriba hacia mi habitación. Yo estaba dormido y no escuché el rechinar de la puerta ni el crujir de los pisos de madera. Abrí los ojos hasta que sentí un beso en los labios.

“Con este beso sellamos nuestro amor, querido mío”, me susurró al oído después del cálido beso y yo sólo pude soltar un suspiro de amor. “Por cada suspiro que tengas, me darás más tiempo para estar en este mundo que ha sido tan cruel conmigo”, agregó, al tiempo que se desvanecía lentamente.

Jamás volví a verla en la calle, pero sí todas las noches en mis sueños, en los que sólo me besaba en los labios, yo suspiraba y ella se desvanecía. En las mañanas amanecía con ojeras o con la sensación de no haber dormido. No sé qué me pasa, pero creí que terminaría al irme de casa de mi tía, pero no fue así, me siguió hasta mi hogar, donde todo se repite y yo no dejó de suspirar.