Dicen que el destino es quien se encarga de unir a las parejas alrededor del mundo, que cada persona está destinada a otra en específico y que llegará en el momento adecuado, probablemente también lo hará sin que nosotros nos demos cuenta o lo esperemos. Soy un afortunado de confirmar esta teoría, pues sin imaginarlo conocí a la que hoy es mi prometida. Les cuento esta historia porque justo el fin de semana pasado le propuse matrimonio en el mismo lugar que nos conocimos, recreando la misma escena, sólo que al final, en lugar de tartamudear al hablarle, le mostré un anillo y le pregunté si quería ser mi esposa.

Hace cinco años un amigo me invitó a jugar golf, un deporte del cual no soy un aficionado, se me hace bastante aburrido verlo por televisión, así que nunca consiguió capturarme. Pero acepté ir para tener una nueva experiencia en mi vida. Fuimos a un club que esta al sur de la Ciudad de México. Mi amigo llevaba todo su kit de golfista profesional, así que nos subimos al carrito para trasladarnos a nuestro primer hoyo. Ahí demostré mis terribles habilidades para dicho deporte. Abaniqué una y otra vez, cuando por fin le di, apenas y la rocé para que recorriera menos de 10 centímetros. Mi amigo trataba de enseñarme cómo hacerlo, pero entre tanta carajada no me podía concentrar. Fue entonces que medio le pude pegar bien. Nos cambiamos de hoyo dos veces más antes de dar el golpe de la suerte.

Me preparaba para dar mi mejor swing, movía las caderas, meneaba el palo, miraba fijamente la pelota y respiraba pausadamente, relajado. Hice una cuenta regresiva en mi mente, apreté los dientes y solté los brazos. ¡Pum! Parecía como un batazo de home run. Pero la bola no iba dirigida hacia el hoyo, sino unos 15 grados más hacia la izquierda. Pero se fue demasiado lejos, así que tuve que recorrer un gran tramo para encontrarla, me metí a una zona con hierba alta y mientras estaba agachado buscando la pelota, vi unos deslumbrantes zapatos de golf para mujer, al menos eso pensé, porque eran color rosa, pero un rosa brillante, chillón. Levante la vista lentamente, como si fuera una comedia romántica de Hollywood llena de clichés, y recorrí unas piernas blancas, no tanto como la nieve, más bien como rosaditas y bien torneadas, después la falda rosa, corta, y enseguida aumenté la velocidad y me erguí. Mis ojos se encontraron con un par de bellos cristales azules adornados con una cabellera rubia. Imaginé que en mi cara se había dibujado unos corazones en los ojos, traté de decirle hola o decir algo, por lo menos, pero mi cuerpo y mi cerebro no reaccionaban. Ella deslizó su mano por su cabello, sonrió y comenzó a retirarse. Después de dar tres pasos, se volteó y me dijo “ahí está tu pelota”. Corrí hasta alcanzarla con mi pelota en la mano y le dije: “Hola, oye, ¿me das tu autógrafo? Eres muy bonita, seguro eres profesional”. Ella entrecerró los ojos y en una hoja me escribió su nombre y su teléfono. Así inició nuestra bella historia de amor.