El mes de diciembre pasado tuve la oportunidad de aparecer una vez más en una pastorela, quizá sea un adicto a estas puestas en escena, a ir a comprar telas para disfraces y crear mi propio vestuario o adicto a los aplausos de la gente. Fue a partir de los diez años que comencé a actuar en las pastorelas, la primera de ellas en la primaria, donde tuve el honor de interpretar al pastor de Belén cómico. Escuchar las risas de la gente cuando decía uno de mis diálogos y el aplauso final cuando presentaban a todos los actores era alimento para mi alma. Además que con las fechas decembrinas la sensibilidad está a flor de piel, por lo que todo sabe más rico. Hoy quiero contarles la mejor experiencia que he tenido sobre un escenario.

Hace tres años, cuando tenía 23, me contrataron para actuar en la pastorela de la comunidad y me dieron el papel de un Diablo cómico, malvado pero enamoradizo. La historia trataba sobre cómo este Pingo se iba a enamorar de una angelita. El Diablillo quería seguir con sus malvados planes de evitar el encuentro de los Reyes Magos y los pastores con el hijo de Dios, pero al mismo tiempo lo hacía para tener más contacto con la angelita, quien iba a hacer todo lo posible para detenerlo. Pero lo mejor de hacer esta obra no era la historia, la cual era muy buena y diferente a las demás, pero fue ahí donde conocí al amor de mi vida. Si están pensando en que me enamoré de la angelita, pues déjenme decirles que están en lo correcto. No lo pude evitar. Desde que vi cómo bajaba para encontrarse conmigo en nuestra primera escena, no pude evitar creer que era un ángel de verdad, con todas esas luces iluminando su bella figura y su rostro angelical. Incluso olvidé lo que tenía que decir, gracias a Dios era el primer ensayo.

Conforme avanzaron los ensayos, yo me acercaba más a ella y comenzamos a tener una conexión mágica, que incluso se notaba en las escenas románticas, donde desbordábamos amor y transmitíamos ese mismo sentimiento a los espectadores. La puesta en escena fue todo un éxito, mucha gente asistió a ver las seis funciones que presentamos en tres días, incluso en la noche del 24 de diciembre se llenó, lo que nos dio una alegría inmensa. Fue ese día cuando decidí pedirle a la angelita que fuera mi novia, lo pensó por un par de segundos, sólo para hacerla de emoción, y después aceptó. Tuvimos la fortuna de seguir trabajando juntos mientras nos preparábamos, ella como actriz y yo estudiaba Ciencias de la Comunicación, pero sin dejar de lado mi pasión por ser actor de pastorelas.

Actuamos en un par de obras más antes de que en la última de ellas, en la última función, me hincara en medio del escenario frente a todos, y sacara de entre la sotana de José que llevaba puesta un anillo y dijera las palabras mágicas: ¿Quieres ser mi esposa? Con lágrimas en los ojos aceptó.